Homenaje a la memoria de Baldomero Lillo se rindió ayer en la Universidad de Chile
En el salón de honor de la Universidad de Chile, se verificó anoche el acto organizado por la Alianza de Intelectuales de Chile, en homenaje al ilustre escritor don Baldomero Lillo.
En la mesa de honor tomaron colocación el poeta Samuel A. Lillo, hermano del escritor; el presidente de la Alianza, diputado don Julio Barrenechea; escritores, señores Augusto D’Halmar, Januario Espinosa y dos representantes de los mineros de Lota, que se adhirieron al homenaje que se rendía al que en vida dedicara uno de sus mejores libros a los obreros de aquellas faenas.
En una hermosa disertación, hizo el ofrecimiento del acto el señor Nicomedes Guzmán, quien tuvo frases muy conceptuosas para el homenajeado.
LA IMPROVISACIÓN DE AUGUSTO D’HALMAR
A continuación ocupó la tribuna el conocido y distinguido intelectual don Augusto D’Halmar, quien dijo lo siguiente:
“Esta sala de honor de la Universidad de Chile, va poco a poco patinándose con los recuerdos; va cobrando un valor de tradición. En este ambiente han hablado hombres como Juan Francisco González, y se ha hablado de él una vez enmudecida su voz.
Amigo y compañero de nuestra generación, Isaías Gamboa, en esta misma sala se le hizo una velada fúnebre a su memoria. Lo mismo aconteció con Manuel Magallanes Moore y otros de recordada memoria.
Ahora tomo la palabra para conmemorar a un camarada. Un día u otro, otros hombres hablarán de mí.
Tenemos un retrato más o menos fiel del hombre físico que fué Baldomero Lillo: el espiritual está latente en nosotros, vive con nosotros.
No recuerdo bien el instante preciso cuando conocí a Baldomero Lillo, solamente sé que hace mucho tiempo que lo frecuentaba. Se le conocía a través de su hermano poeta, Samuel Lillo; sólo algún tiempo después se habló de los hermanos Lillo.
La impresión física que conservo de Baldomero, es la de un hombre con figura de un hidalgo español; con una sonrisa franca, bondadosa, que el artista que hizo su retrato no pudo captar en toda su intensidad. Una sonrisa buena, profundamente humana; no cándida sino comprensiva. Tal es el recuerdo que mantengo en mi memoria de nuestro amigo, Baldomero Lillo.
Un día ese hombrecito, un tanto jibado, se nos reveló en esta misma tribuna como un gran escritor nuestro. Fué en esta misma aula donde se alzó su cálida voz describiendo las dantescas escenas mineras. Nadie hasta entonces había hablado sobre ese hombre que, en su deseo de palpar intensamente la vida de los mineros de Lota, se sacrificaba conviviendo con ellos.
Sólo Diego Dublé Urrutia se refirió a ellos al decir: “a los mineros que soportan sobre sí el peso de un mar de indiferencia y oprobio y el peso de ese otro mar”.
Era para nosotros una novedad el conocer detalles íntimos de aquellos hombres que trabajan en una noche contínua. Baldomero Lillo poseía una técnica llena de emoción y patetismo, y supo hacernos sentir en toda su intensidad la vida de sacrificios sin cuento de aquellos hombres. Yo he tratado en estos últimos días de releer algunos de sus cuentos; pero ha sido inútil, me los sabía de memoria.
Vivíamos en aquellos lejanos tiempos en San Bernardo algunos escritores. El primero que se avecindó en esa localidad fué Manuel Magallanes Moore. Después los componentes de la Colonia Tolstoyana vinimos a refugiarnos en San Bernardo, donde Manuel Magallanes nos ofreció gentilmente una casita. Durante años y años allí nos reunimos y recibíamos la visita de nuestras relaciones artísticas que venían a vernos y charlar con nosotros. Entre los visitantes llegó Baldomero Lillo. Venía del pueblo; había convivido con él, era un hombre de 35 años que venía a compartir nuestras charlas.
En este ambiente fueron surgiendo los cuentos mineros de Baldomero, quien se había trasladado a vivir en San Bernardo con su hermano Samuel. Era un clima favorable a las más altas concepciones. Yo disponía, después que terminó la Colonia Tolstoyana, de unos cuantos bienes. Contaba con una casita cómoda que en su interior tenía parrales, jardín que me esmeraba en cuidar, y a pesar de que se encontraba solamente a una cuadra de la Estación me costaba la suma de 30 pesos mensuales, eran otros tiempos, y me temo que eran otros hombres...
Yo miro ahora esta sala que anteriormente he visto colmada de una muchachada entusiasta, ávida de cimentar su cultura, en su mayoría estudiantes, y al verla ahora casi he pensado que quién sabe si somos nosotros los últimos jóvenes.
Baldomero Lillo venía todas las mañanas a esa casa de treinta pesos, desde la suya, de quince pesos mensuales. Nos igualábamos en el amor y ardor de nuestras ideas. Me dijo una mañana: —Ud. que siempre ha sido tan afortunado para escoger títulos, ¿por qué no le pone un título a mi libro?
—En este mismo instante se me ocurre uno, le respondí, pero me temo que lo vayan a rehusar, porque carece de triptongos llamativos. Se me ocurrió decirle “Sub-Terra”.
—Voy a consultarlo con Samuel, me dijo.
Después supe que éste se mostró desencantado con el titulito; no le había agradado. Pero al poco tiempo tuve la satisfacción de ver aparecer el libro con el título que yo le había puesto. Algún tiempo después vino nuevamente a verme para ponerle título al segundo libro que había escrito, y le contesté que tal vez no sería rechazado ni por la Universidad, y este fué “Sub-Sole”.
Junto a la figura de Baldomero Lillo, y para hacer “pendant”, yo pensaría en el poeta Pezoa Véliz. Este poeta se me presentó una mañana con la indumentaria típica de un huaso chileno. Nadie, hasta entonces, se imaginaba cómo sería y nunca más se le vió con estos atavíos.
Vivía Pezoa Véliz en Valparaíso, y cuando se conocieron con Baldomero, ambos se estimaron en lo que valían, a pesar de la diferencia de caracteres. No ha vuelto a darse en Chile, señores, una generación más unida que la nuestra; éramos cordialmente amigos; nos alegrábamos de los triunfos de los compañeros como si fueran propios, y al mismo tiempo participábamos de sus pesares.
Con relación al libro sobre los mineros del carbón, escrito por Baldomero Lillo, debo decirles que no tienen sino un lazo espiritual de contacto con los mineros de “Germinal”, de Emilio Zola.
Alguien dijo en esta misma tribuna, hace unos momentos, que nuestro arte era sencillamente decorativo; sino hemos tenido la suerte de expresar mejor lo que sentimos, lo que hemos vivido, nuestra es la culpa. El arte es la vida misma; por eso, al hablar del pueblo y de sus anhelos, hablamos de nosotros mismos”.
Una cerrada ovación se escuchó al terminar D’Halmar su brillante improvisación.
A continuación hizo uso de la palabra el señor Januario Espinosa, quien se refirió al escritor y su obra. En uno de sus acápites dijo: “Aquellos que viajan tranquilamente en ferrocarril, no se dan cuenta que el carbón que los arrastra ha sido extraído por hombres que desempeñan una labor de topos”.
Finalmente ocupó la tribuna el delegado de los mineros de Lota, señor Damián Uribe, quien se refirió a los años en que don Baldomero convivió las duras tareas de los mineros.
Poco después de las 21.30 horas, se dió término a la reunión.
